AUTOR Jaume Llenas 15 / 01 / 2016
La experiencia de ser hijos de un padre es muy variada.
Algunos han tenido una relación maravillosa con su padre. Otros en cambio, ni siquiera han conocido a su padre, ya sea por fallecimiento temprano, o porque éste se desentendió de él. Otros han tenido una experiencia mayormente negativa de la relación con el padre. En estos últimos casos, se nos hace difícil incluso relacionarnos con Dios. Cuando Dios se presenta como Padre, trae a la memoria aquello que nuestros padres terrenales han sido para nosotros.
Cuando Jesús estuvo en la tierra, él tuvo que dejar esa eterna relación que mantenía con su Padre en la gloria. El Padre y el Hijo experimentaron una lejanía única a lo largo de la eternidad. El Hijo dejó su lugar junto al Padre. Pero es interesante que, en los evangelios la voz del Padre se hace audible dos veces. La primera cuando sale del Jordán después de su bautismo y justo antes de iniciar su ministerio (Mt. 3: 17). La otra en el monte de la transfiguración cerca del final de su ministerio (Mt. 17: 5). Es muy indicativo, que tanto antes de iniciar su ministerio, como antes de afrontar la cruz, la voz del Padre se manifestara desde el cielo con el mismo mensaje. “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia...”.
Aquí hay tres cosas muy importantes que Jesús como Hijo de Dios debía recordar, y son tres cosas que como hijos del Padre nosotros debemos saber para afrontar la misión que nos ha dado.
1. Tienes identidad. Somos hijos, el padre nos considera sus hijos. El Padre ha gastado todo cuanto tenía para hacernos sus hijos. Nosotros éramos sus enemigos, pero él ha escogido hacernos sus hijos, no porque no supiera de nuestros defectos morales, ni de nuestras inconsecuencias. Él ha decidido hacernos sus hijos a pesar de saberlo, Él jamás se arrepentirá, porque no fue ganado por nuestras obras, sino por las de Cristo.
2. Eres amado. Amado de una forma como nunca nadie fue amado. Nadie te ha amado así. Lo que Dios te ama se mide en que Él entrego a su hijo eterno, aquel hijo eternamente engendrado por el Padre, para convertir en hijos a sus enemigos. Dios no puede amarte más... Dios no puede amarte menos.
3- Dios se complace en ti. Igual vienes de una familia en la que nunca diste la talla. Igual nunca nadie te dijo que eras precioso. Igual nadie te dijo nunca que te quería. Igual creciste sin muestras de afecto físico. Igual te abrazaron poco. Igual nunca te hicieron saber cuán orgullosos estaban de ti y cuán especial es que tu fueras su hijo. Pero Dios quiere hoy que tu sepas que Dios se complace en ti.
El ministerio de Jesús no terminó con Él. En varias ocasiones nos recuerda que, de la misma manera que el Padre le envió a Él, a la misma misión que el Padre envió al Hijo, el Hijo nos envía a nosotros ahora. Si Jesús vino para mostrar al Padre de una manera única, de forma que podía decir que quien le había visto a Él había visto al Padre. Ahora nosotros somos enviados a mostrar al Padre también, a ejemplificar en nuestras vidas a Jesucristo para que la gente pueda volver a ver al Padre. De esta manera nuevos adoradores adorarán al Padre. Esa es la tarea de cada cristiano, reflejar a Jesucristo, porque sólo cuando la gente ve a Jesucristo la gente desea adorar al Padre.
Nuestra sociedad es una sociedad huérfana. Una sociedad sin Padre, una sociedad sin hogar. Es preciso que tengamos la actitud del Padre que salió a buscar al hijo, asumiendo los chismes, la vergüenza, la humillación del hijo. Cuando la Iglesia no tiene esa actitud del padre y en lugar de eso pasa el día criticando a la sociedad, quejándose de la sociedad, protegiéndose de la sociedad, defendiéndose de la sociedad, en lugar de buscar a los hijos que regresan, ese regreso se vuelve lento, se detiene, acabamos formando parte de una sociedad de hijos mayores, que en su propia justicia, sólo son capaces de instalarse en la crítica
La experiencia de ser hijos de un padre es muy variada.
Cuando Jesús estuvo en la tierra, él tuvo que dejar esa eterna relación que mantenía con su Padre en la gloria. El Padre y el Hijo experimentaron una lejanía única a lo largo de la eternidad. El Hijo dejó su lugar junto al Padre. Pero es interesante que, en los evangelios la voz del Padre se hace audible dos veces. La primera cuando sale del Jordán después de su bautismo y justo antes de iniciar su ministerio (Mt. 3: 17). La otra en el monte de la transfiguración cerca del final de su ministerio (Mt. 17: 5). Es muy indicativo, que tanto antes de iniciar su ministerio, como antes de afrontar la cruz, la voz del Padre se manifestara desde el cielo con el mismo mensaje. “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia...”.
Aquí hay tres cosas muy importantes que Jesús como Hijo de Dios debía recordar, y son tres cosas que como hijos del Padre nosotros debemos saber para afrontar la misión que nos ha dado.
1. Tienes identidad. Somos hijos, el padre nos considera sus hijos. El Padre ha gastado todo cuanto tenía para hacernos sus hijos. Nosotros éramos sus enemigos, pero él ha escogido hacernos sus hijos, no porque no supiera de nuestros defectos morales, ni de nuestras inconsecuencias. Él ha decidido hacernos sus hijos a pesar de saberlo, Él jamás se arrepentirá, porque no fue ganado por nuestras obras, sino por las de Cristo.
2. Eres amado. Amado de una forma como nunca nadie fue amado. Nadie te ha amado así. Lo que Dios te ama se mide en que Él entrego a su hijo eterno, aquel hijo eternamente engendrado por el Padre, para convertir en hijos a sus enemigos. Dios no puede amarte más... Dios no puede amarte menos.
3- Dios se complace en ti. Igual vienes de una familia en la que nunca diste la talla. Igual nunca nadie te dijo que eras precioso. Igual nadie te dijo nunca que te quería. Igual creciste sin muestras de afecto físico. Igual te abrazaron poco. Igual nunca te hicieron saber cuán orgullosos estaban de ti y cuán especial es que tu fueras su hijo. Pero Dios quiere hoy que tu sepas que Dios se complace en ti.
El ministerio de Jesús no terminó con Él. En varias ocasiones nos recuerda que, de la misma manera que el Padre le envió a Él, a la misma misión que el Padre envió al Hijo, el Hijo nos envía a nosotros ahora. Si Jesús vino para mostrar al Padre de una manera única, de forma que podía decir que quien le había visto a Él había visto al Padre. Ahora nosotros somos enviados a mostrar al Padre también, a ejemplificar en nuestras vidas a Jesucristo para que la gente pueda volver a ver al Padre. De esta manera nuevos adoradores adorarán al Padre. Esa es la tarea de cada cristiano, reflejar a Jesucristo, porque sólo cuando la gente ve a Jesucristo la gente desea adorar al Padre.
Nuestra sociedad es una sociedad huérfana. Una sociedad sin Padre, una sociedad sin hogar. Es preciso que tengamos la actitud del Padre que salió a buscar al hijo, asumiendo los chismes, la vergüenza, la humillación del hijo. Cuando la Iglesia no tiene esa actitud del padre y en lugar de eso pasa el día criticando a la sociedad, quejándose de la sociedad, protegiéndose de la sociedad, defendiéndose de la sociedad, en lugar de buscar a los hijos que regresan, ese regreso se vuelve lento, se detiene, acabamos formando parte de una sociedad de hijos mayores, que en su propia justicia, sólo son capaces de instalarse en la crítica
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