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¿Tiempo de Dios?

De pronto,  y mientras Su Majestad contemplaba la estatua, una roca que nadie desprendió vino y golpeó los pies de hierro y barro de la estatua, y los hizo pedazos. Brexit, una bala letal contra el multiculturalismo Los resultados del referéndum que decretaron la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea plantean, a la vez, certezas e interrogantes. La votación ha producido una suerte de terremoto a nivel internacional que se ha expresado tanto en las respuestas del sistema financiero global como en la falta de coordinación entre cancillerías de las principales potencias europeas y, aún más, al interior de los propios países. Valen como ejemplo las contradicciones públicas entre Angela Merkel y sus ministros Schäuble y Steinmeier. Pareciera que en los centros de decisión más importantes, tanto económicos como políticos, no se juega con hipótesis, por más posibles que ellas sean.

Un profeta ‘no sabe’ callarse!

Los profetas no podían callarse, porque la Palabra de Dios los consumía. En ellos había nacido un imperativo ineludible de levantar su voz. La pasada semana vimos que en Apocalipsis 6 al apóstol Juan oye los cánticos celestiales pero levanta su voz de protesta profética contra el imperio, oye también el clamor de las víctimas. Y decíamos que ser profeta tiene dos dimensiones, una vertical y una horizontal. El profeta ha estado con Dios, ha visto a Dios y conoce a Dios íntimamente, y ve todo desde la perspectiva de Dios. Pero el profeta también vive cerca de su pueblo y ve su realidad. Ambas dimensiones son esenciales. Si sólo ve a Dios, puede ser un místico pero no un profeta. Si sólo ve al mundo, puede ser un sociólogo o un economista, pero tampoco un profeta. Leer más: ACÁ

Dimensión horizontal y vertical del profeta

EL GENUINO PROFETA DE DIOS (1) El ojo profético de Juan le revelaba una realidad muy diferente al consenso de su época, de la "opinión pública" prevaleciente. El capítulo de Apocalipsis 6 es sumamente fuerte y, para Juan y las iglesias, muy peligroso. En un discurso casi exclusivamente económico y político, Juan se declara, sin tapujos y sin ambages, enemigo del imperio romano. Emplea todo el arsenal del género apocalíptico para denunciar a la gran Babilonia: el oráculo profético, la sátira, la canción de protesta y la celebración himnódica de la ruina del imperio. Lo más atrevido fue invitar a los lectores a celebrar jubilosos la futura destrucción del imperio y su capital. Si Juan hubiera escrito este capítulo hoy, sin duda lo habrían tildado de extremista, subversivo, prejuiciado y a a lo mejor de amargado. Leer más: ACÁ