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Quien lee nunca está solo: recorre mundos fabulosos

La vida, el arte, las emociones, el amor, los desencuentros, las risas, los llantos. Todo está en las palabras. Sergio Sinay nos lleva, en esta charla, de paseo por su escritura, sus pensamientos y sus fórmulas a la hora de enfrentar el papel en blanco. Y nos cuenta acerca de su pasión por traducir en palabras sus sentimientos.


-¿Se puede sentir amor por las palabras y por la escritura?
-Según mi experiencia, se puede. Yo lo siento. En todas sus formas, las palabras nos permiten comunicarnos, son puentes hacia el otro, nos permiten articular pensamientos, expresar emociones, sostener argumentos. Quien escribe se escribe. Es decir, se pone por escrito y es su primer lector, pero necesita trascender, si fuera solo para sí no escribiría. Escribimos para el otro. Para no estar solos en el mundo. Cuando desaparece la palabra desaparece el otro, el semejante, y aunque esté físicamente, no podemos llegar a él ni él a nosotros. Incluso en el silencio y en los gestos, cuando están henchidos de sentimientos, traducimos ese significado en palabras de nuestro mundo interno. A su vez, quien lee nunca está solo, recorre mundos fabulosos, entra en la intimidad de muchos seres, conoce ideas, se informa, se emociona. Las palabras no existían antes de nosotros, los seres humanos. Las creamos nosotros, somos los únicos seres vivientes que hablan, que crean idiomas, que los enriquecen, los traducen, les dan normas. ¿Cómo no amar las palabras? ¿Cómo no cuidarlas? Sin ellas volveríamos a las cavernas.

-¿Cómo influyen las nuevas tecnologías en la forma de usar la palabra?
-Estas tecnologías son de veras nuevas. Hace apenas veinte años no incidían ni remotamente, como hoy, en nuestra forma de expresarnos. Por lo tanto, su relación con las palabras está en construcción. Desde mi punto de vista, en este momento ese vínculo es bastante disfuncional. En la confusión de conexión con comunicación, la palabra empobrece. Los nacidos y criados tecnológicos aprenden abreviaturas antes de conocer la grafía completa y correcta de muchas palabras.  Hay un uso también pobre de la sintaxis, se lee y escribe fragmentariamente, se grita demasiado (mayúsculas y signos de admiración por docenas, emoticones en donde debería ir la descripción de un sentimiento real). Se escribe mucho y se comunica poco, no se profundiza en las ideas, los interlocutores pierden identidad (si me conecto con diez personas al mismo tiempo, ¿con quién estoy comunicado de verdad?). Las palabras expresan ideas, modos de pensar, muestran cómo se construye y sostiene un pensamiento, cómo se enriquece con argumentos. Todo lo que se lee al calor de estas tecnologías revela mucha pobreza en todos esos aspectos. Lo que no quita la utilidad de ellas como herramientas, pero no son mágicas, debemos responsabilizarnos de uso. O las ponemos al servicio de la comunicación o somos nosotros quienes, convertidos en herramientas, nos ponemos al servicio de la conexión. No es un destino entrañable.

-¿Quién es un analfabeto emocional?
Alguien que carece de palabras para expresar sus sentimientos. Que no puede nombrarlos, aunque los sienta, y que por carecer de esas palabras para crear el puente por donde sus emociones transiten hacia otra persona, termina por permanecer en silencio o, en casos extremos y en emociones extremas, apela a la violencia física. Como la escritura y la lectura, que nos sacan del analfabetismo intelectual, nos hacemos emocionalmente alfabetos a través de la práctica, de los modelos que recibimos y del estímulo.

-¿Hay buenas y malas palabras?
-No lo creo. Pienso que hay buen y mal uso de las palabras. Se puede herir e insultar sin usar eso que llamamos "malas palabras" y se puede ser profundamente expresivo con ellas, como de hecho ocurre en mucha buena literatura, teatro, cine y en la vida cotidiana. Hay, es cierto, un mal uso de las "malas palabras". Ocurre cuando en un afán transgresor o exhibicionista se las usa en exceso o, peor, son lo único que se usa. En ese caso la "mala palabra" denuncia pobreza de vocabulario, de argumentos, de ideas y hasta de sensibilidad. Fuera de eso, a veces se puede expresar mucho con una "mala palabra" y se puede usar un florido vocabulario para no decir nada. Depende del hablante o de quien escribe.

-¿Una palabra puede ser una semilla?
-Puede serlo porque (aunque quien la dijo o la escribió no lo sepa) sembró en alguien una idea, un sentimiento, un proyecto, un sueño. Por eso es importante ser cuidadoso con las palabras. Más allá de nuestra intención en su uso, decimos o escribimos (o callamos, ¿por qué no?) más de lo que creemos o imaginamos.

-¿De qué nos pueden curar las palabras?
-Nos pueden sacar de una confusión, pueden darnos otra visión de algo que nos duele, pueden ser sanadoras no solo cuando las decimos y alguien las escucha (aunque solo haga eso, escucharnos con respeto y hospitalidad, sin decirnos nada) o cuando escuchamos. Pueden curarnos de la soledad, de la desesperanza, de la auto desvalorización. En cualquier conversación o lectura hay, aunque muchas veces no lo sepamos hasta que aparecen y hacen lo suyo, palabras que sanan.

Es escritor y especialista en vínculos humanos. Hablamos con él acerca del  valor de la palabra y sus funciones en la vida y en las relaciones de cada día.
PERFIL
"Cuando escribo me siento feliz. Nunca sufro al escribir. Me habitan tantos textos, que no me alcanzará una vida para parirlos", dice Sergio Sinay al contar datos de su biografía. Es argentino, periodista, escritor y psicólogo y por su trabajo se ha convertido en un reconocido especialista, consultor e investigador de los vínculos humanos. Sus obras se han traducido al inglés, francés, italiano y portugués.
Por Gustavo Grosso
gustavogrosso@edicionnacional.com

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