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La impronta paterna

El padre
Joaquín nunca pensó que su padre fuera un hombre perfecto, ni tan siquiera en aquella época en la que los niños creen que sus padres lo pueden todo. Sin embargo siempre se consideró afortunado, sobre todo tras superar los días turbulentos de la adolescencia, por haber tenido un padre bueno. En el buen sentido de la palabra, bueno.

Ni la escasa preparación académica, ni las muescas de la guerra civil española, ni los castigos —a veces físicos porque entonces estas cosas se veían de otra manera—, ni su carácter de perdedor, ni su manera de ser enérgica y severa habían conseguido difuminar la imagen de buen padre.

Era un hombre muy inteligente y sabio, de espíritu sereno y tan ponderado en sus razonamientos como prudente en sus actuaciones. No era el triunfador al uso pero si un valiente luchador casi un héroe cotidiano en la vida dura de la postguerra.

Joaquín se sumergía con frecuencia en los recuerdos de su infancia y siempre aparecían los paseos, las vacaciones, la playa y los juegos con su padre.

Cuando el hombre se sentaba, después de una jornada laboral intensa, en aquel sofá casi destrozado con vocación fallida de ser cómodo Joaquín se le plantaba encima sin ningún miramiento.

En ese tiempo el niño preguntaba y el padre contestaba con una paciencia sacada de no se sabe dónde a cuestiones sobre el pelo de la barba y porqué cada día era un poco más largo o el mecanismo del cigarrillo en la boca, la llama, la ceniza y el humo sin olvidar su inquietud por el olor corporal impregnado de tabaco.

Le estimulaba mucho cada vez que le decía: “Si te esforzaras un poco más podrías…”.

Por otro lado, sus miedos en situaciones domésticas, muy graves en su percepción infantil, desaparecían de inmediato en cuanto su padre entraba por la puerta. Cuando él estaba en casa tenía la sensación de seguridad y de que todo estaba bajo control. No era tanto que no podía pasar nada malo sino que lo que pasara les pasaría a todos juntos y bajo el dominio de su padre.

Otras veces Joaquín escuchaba conversaciones de mayores sobre padres que no querían a sus hijos, padres que satisfacían primero sus necesidades y luego a los pequeños, y padres que abandonaban a sus niños, pero él siempre pensaba lo mismo: “Mi padre eso no lo haría”.

A través de su modelo paterno Joaquín comprendió más tarde tres cualidades de Dios —el Padre celestial—. Su compasión, el Señor que se compadece de los que le temen. El Dios benefactor, capaz de dar buenas cosas a los que le piden. Y su protección, dando vida eterna a los suyos y la certeza de que nadie los arrebatará de su mano.

Cada día Joaquín se preguntaba ¿qué queda hoy en mí de aquel hombre?

¡FELIZ DÍA DEL PADRE!

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