viernes, 8 de julio de 2016

Un año de la "masacre de Charleston": El debate que no fue

Cuídense de que nadie los cautive con la vana y engañosa filosofía que sigue tradiciones humanas,
la que va de acuerdo con los principios de este mundo y no conforme a Cristo. 
Colosenses  2:8

Es la noche del 17 de junio de 2015. Un miércoles, y como cada miércoles, en la iglesia episcopal Mother Emanuel se realiza la reunión de estudios bíblicos. El templo está en la ciudad costera de Charleston, la segunda más grande del estado de Carolina del Sur luego de su capital, Columbia. Hay trece personas sentadas en la iglesia. Doce son negras, una es blanca. Antes de que acabe la noche, nueve de esas personas serán asesinadas a balazos. En el sur profundo de Estados Unidos no queda sitio para misterios al estilo de Agatha Christie acerca de quién disparará y quién morirá: el blanco disparará y los negros morirán. "Crimen de odio racial", dirán las carátulas de las investigaciones.


El muchacho blanco de 21 años, un tal Dylann Roof, saca una pistola Glock 41 mientras los demás concurrentes se disponen a rezar. Dispara, insulta, recarga cinco veces, se toma su tiempo, continúa disparando. Cuando se queda sin municiones, simplemente se marcha. Está tranquilo, todo salió bien. Lo capturan a la mañana siguiente mientras maneja su automóvil, de cuyo parachoques cuelgan tres matrículas con banderas confederadas. Hace un año, en junio de 2015, la bandera de guerra de la Confederación aún era un símbolo estatal oficial en Carolina del Sur. Uno podía lucirla en la patente de su coche, colgarla en la puerta de su casa y, si es por eso, verla flameando en la Casa de Gobierno.

En 2015 hubo 330 tiroteos masivos en Estados Unidos. Los asesinatos de la iglesia de Charleston pudieron haberse perdido entre tantos otros ocurridos en escuelas, universidades, hospitales, cines y paseos de compra. Pero no se perdieron. Al quedar enredada entre símbolos, "la masacre de Charleston" recordó que todo símbolo es una convención social, un acuerdo de sentido sometido a disputas por el control de su significación: cosas hechas, cosas que pueden deshacerse.

Los símbolos generaron violencia real, material, produjeron disparos y muertos, pero pronto esos hechos fueron devueltos con más virulencia hacia el terreno de los símbolos y los hicieron tambalear, caer al suelo, destrozarse. Y los símbolos que se destrozan contra el suelo producen más ruido que un disparo en una iglesia. Incluso que decenas de disparos en una iglesia.

La conspiración olvidada

Hampton Park, el parque más grande de la zona peninsular de Charleston, tiene una estatua de un
hombre negro llamado Denmark Vesey. La emplazaron en 2014, luego de veinte años de discusiones entre quienes lo consideran un racista mesiánico y quienes lo ven como un libertador. El texto que sirve como justificación del monumento es tan extenso que ocupa la parte frontal y la trasera de la base. Muchos siguen disconformes.

Vesey fue uno de los fundadores, en 1816, de Emanuel African Methodist Episcopal Church, o sólo Mother Emanuel, el templo más antiguo de la Iglesia Episcopal Metodista Africana en el sudeste del país. Esa iglesia encierra un linaje de dos siglos de activismo político y social. Se movilizó antes, durante y después de la abolición de la esclavitud; se comprometió con el movimiento por los derechos civiles de la década de 1960 y con el Black Lives Matter de la década de 2010. Los principales líderes de la comunidad negra (Booker T. Washington y Martin Luther King, por ejemplo) hablaron bajo su techo; cuando las iglesias negras fueron prohibidas en Charleston, en 1834, la congregación resistió tres décadas en la clandestinidad. Para entonces el templo ya había sido incendiado y Denmark Vesey había protagonizado una de las narraciones menos conocidas de la nación, aunque siempre presente como fantasma regional: la planificación de la mayor rebelión de esclavos de toda la historia estadounidense.

Sucedió en 1822. Vesey tenía unos 55 años y hacía más de dos décadas que había comprado su libertad tras ganarse la lotería. Se instaló como carpintero en Charleston, pero mantuvo sus vínculos con los sembradíos, se labró buena fama como predicador, estableció una red subterránea de contactos y lealtades. La conspiración ahora suena tan formidable como improbable: el 14 de julio de 1822 unos 10.000 esclavos desperdigados en las plantaciones de toda la zona atlántica de Carolina del Sur iban a marchar hacia el arsenal de Charleston, se apoderarían de las armas, matarían a los esclavistas blancos, tomarían el control de los barcos y navegarían hacia Haití en busca de libertad.

Nunca sucedió. Los planes se filtraron y Vesey fue arrestado. Lo ahorcaron el 2 de julio de 1822 y, desde entonces, se volvió un problema historiográfico, un descuido, un secreto, una estatua repleta de "peros", una leyenda de libertad. Al revisar la bibliografía reunida en la biblioteca de la Universidad de Carolina del Sur da la impresión de que cada artículo, monografía o libro parece obligado a expresar la sorpresa de que todos esos hechos hayan sido olvidados, silenciados o expulsados del registro de la historia estadounidense como si nunca hubieran sucedido. Es como si diferentes personas se preguntaran, en un tono similar, cómo es que este hombre quedó envuelto en una oscuridad tan evidente. Y a la vez le dicen al lector: no te preocupes si nunca escuchaste hablar sobre Denmark Vesey, pues pocos en Estados Unidos escucharon hablar sobre él.

¿Qué hacer con la bandera?

Dylann Roof quizás sí había oído la historia. Quería iniciar, dijo, una guerra racial, y ningún acto contenía tanta carga simbólica como disparar a los feligreses de la iglesia negra de Denmark Vesey. No funcionó. De la balacera no emergió una guerra racial sino otro espacio de la memoria: un cruce de conmemoración, política, historia, arte y entretenimiento. Que 330 tiroteos masivos anuales se conviertan en iconografía, en noticias de todos los días, quiere decir que esa sociedad ya generó los mecanismos sistematizados para lidiar con la excepcionalidad de esas matanzas, gestos que incorporan estas anomalías a los hechos mundanos de la vida cotidiana.

Todos estos mecanismos de naturalización se pusieron en marcha: lamentos de dignatarios, llantos televisados, vigilias, velas y altares callejeros. Pero entonces algunas personas repararon en la bandera. Roof no había omitido el cliché racista de fotografiarse armado junto a la bandera de guerra de los Estados Confederados que, durante la Guerra Civil de la década de 1860, pelearon por la secesión del Sur. La misma bandera que cualquier fanático de la supremacía blanca ondeaba antes de disparar, ahorcar, quemar o golpear hasta la muerte a quien no reconociera como igual; la misma bandera que, a la mañana siguiente del tiroteo en Mother Emanuel, había sido izada a media asta en el capitolio de Columbia en señal de duelo.

Ese símbolo, arriado a media asta, se convirtió en otro. Las acciones mecánicas de naturalización de los asesinatos cedieron ante exigencias que no habían sido anticipadas. Las personas de Columbia ya estaban cansadas de ver esa bandera cada vez que iban a la universidad, al trabajo o al supermercado. Ya era suficiente. Bajar la bandera: en ese símbolo querían reconocerse.

Había vuelto al capitolio en 1961. La excusa fue el centenario de la Guerra Civil, pero en el contexto del movimiento por los derechos civiles ofrecía otro mensaje: quédense en su lugar, negros. Durante el medio siglo siguiente no consiguieron removerla legisladores ni activistas; hizo falta que Roof vaciara cinco cargadores en Mother Emanuel para que la bandera fuera arriada por última vez: "No vamos a permitir que este símbolo siga dividiéndonos", dijo la gobernadora Nikki Haley. Muchos, como con la estatua de Vesey, se mostraron disconformes. Y el debate de Carolina del Sur se convirtió en una discusión nacional: ¿qué hacer con ese símbolo?

El sur profundo es una categoría geográfica para referirse a una región del sudeste del territorio, pero también es una categoría histórica para definir una identidad cultural. La bandera confederada es un símbolo complejo, inestable, producto de pugnas regionales y nacionales, de negociaciones raciales, étnicas y culturales. Algunos postulan que representa la identidad colectiva y la herencia histórica sureña; para otros, sólo expresa y alienta la más rancia segregación racial. El debate sobre la identidad y la historia que inició el tiroteo de Charleston prometió, por un breve momento, convertirse en la mayor reflexión estadounidense acerca de la nación inventada tras la Guerra Civil, pero pronto cualquier disputa quedó atrapada en los mismos mecanismos que permiten que hechos inenarrables (el asesinato de nueve personas en una iglesia) comiencen a encajar en la narración cotidiana: provocaciones pueriles, eslóganes huecos, una discusión banal acerca de si la bandera debe incluirse en el automóvil de la nueva película de Los Dukes de Hazzard.

Un año después, Dylann Roof espera el juicio; el gobierno pidió la pena de muerte. La bandera de guerra de la Confederación, ahora proscripta en Carolina del Sur, ya no flamea en el capitolio de Columbia, aunque aún se la ve en los caminos rurales del interior del estado. En la vereda de Mother Emanuel los visitantes dejan flores y carteles, se detienen a curiosear, improvisan ofrendas, se toman autofotos. El frente de la iglesia tiene dos letreros de anuncios, convertidos ya en símbolos poderosos. Uno informa sobre las actividades del grupo de estudios bíblicos de los miércoles; el otro dice, simplemente, "gracias".

Marcelo Pisarro; PARA LA NACION; DOMINGO 12 DE JUNIO DE 2016

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