"No existe un presupuesto asignado específicamente para enfrentar esta situación. La explotación sexual infantil se combate sin recursos en este país", agrega. Leer el artículo...
La falta de presupuesto para los pobres, los que lloran, los humildes, los que tienen hambre y sed de justicia, los compasivos, los que trabajan por la paz es moneda corriente. No son negocio.
Pero esta sociedad de consumo en la que convivimos es así, y no estamos exentos. Según Aristóteles, crecemos, nos nutrimos y perecemos en ella. Somos parte del sistema de intercambio continuo y, a veces, me parece que la desidia y el desinterés por lo que no reditúa, también llega a mi vida. Aunque me resisto a ello. ¿Hasta cuándo? Mientras que Dios me dé fuerzas.
Lo lamentable del tema es que las nuevas generaciones son cada vez más insensibles, menos solidarias, es como si viviésemos en una casa poblada de termitas que lentamente van afectando toda la estructura de la misma, hasta que se cae. ¿No comprendemos que no hay lugares seguros en el mundo donde nuestros hijos, nietos, hermanos y sobrinos puedan vivir seguros? ¿No comprendemos que la vida no es una acumulación de poder?
No hay presupuesto, pero si lo hay para vuelos chárter, grandes fiestas para los famosos, compra de armamentos e investigaciones de armas nucleares. ¿Contra quien las van a usar? Si las nuevas generaciones vivirán enclaustrados dentro de sus propias mentes, atados a experiencias traumáticas de su niñez, depresivos por haberles sido quitada la dignidad. ¿Qué podrán intercambiar esas nuevas generaciones de víctimas? ¿Se lo puede imaginar?
La Biblia asegura que para todos esos pobres hay un presupuesto inagotable en Jesucristo y yo lo creo. Pero también asegura que en el día del juicio el castigo para Sodoma y Gomorra será más tolerable que para esa gente, que hace tropezar y caer a los inocentes, y eso también lo creo.
Si nosotros sabemos, y no hacemos nada en favor de las víctimas, es como si fuésemos cómplices de los victimarios. No queda mucho tiempo. Es hora de cambiar.
Construyamos ciudades seguras para nuestros niños, empiece por su casa, siga por la escuela, movilice el barrio, la iglesia. Es nuestra responsabilidad primera, no descanse en que las autoridades lo van a hacer por usted.
Pídale sabiduría a Dios para hacerlo y Él le dará porque está interesado en el bien común, y creo también que usted se sorprenderá.
Pero esta sociedad de consumo en la que convivimos es así, y no estamos exentos. Según Aristóteles, crecemos, nos nutrimos y perecemos en ella. Somos parte del sistema de intercambio continuo y, a veces, me parece que la desidia y el desinterés por lo que no reditúa, también llega a mi vida. Aunque me resisto a ello. ¿Hasta cuándo? Mientras que Dios me dé fuerzas.
Lo lamentable del tema es que las nuevas generaciones son cada vez más insensibles, menos solidarias, es como si viviésemos en una casa poblada de termitas que lentamente van afectando toda la estructura de la misma, hasta que se cae. ¿No comprendemos que no hay lugares seguros en el mundo donde nuestros hijos, nietos, hermanos y sobrinos puedan vivir seguros? ¿No comprendemos que la vida no es una acumulación de poder?
No hay presupuesto, pero si lo hay para vuelos chárter, grandes fiestas para los famosos, compra de armamentos e investigaciones de armas nucleares. ¿Contra quien las van a usar? Si las nuevas generaciones vivirán enclaustrados dentro de sus propias mentes, atados a experiencias traumáticas de su niñez, depresivos por haberles sido quitada la dignidad. ¿Qué podrán intercambiar esas nuevas generaciones de víctimas? ¿Se lo puede imaginar?
La Biblia asegura que para todos esos pobres hay un presupuesto inagotable en Jesucristo y yo lo creo. Pero también asegura que en el día del juicio el castigo para Sodoma y Gomorra será más tolerable que para esa gente, que hace tropezar y caer a los inocentes, y eso también lo creo.
Si nosotros sabemos, y no hacemos nada en favor de las víctimas, es como si fuésemos cómplices de los victimarios. No queda mucho tiempo. Es hora de cambiar.
Construyamos ciudades seguras para nuestros niños, empiece por su casa, siga por la escuela, movilice el barrio, la iglesia. Es nuestra responsabilidad primera, no descanse en que las autoridades lo van a hacer por usted.
Pídale sabiduría a Dios para hacerlo y Él le dará porque está interesado en el bien común, y creo también que usted se sorprenderá.
Creo que, infelizmente, todos sabem que en Brasil lo mismo se da, la explotacion sexual infantil e de adolescentes. Pienso que esta es una situacion en que el papel de la Iglesia deberia ser decisivo, tanto en el resgate de las victimas como de los aliciadores, mediante el evangelismo.
ResponderEliminar