sábado, 29 de septiembre de 2012

Acerca de la educación espiritual de los hijos.


Me gustó el artículo y lo comento desde la perspectiva no del “superado” sino como una confirmación para aquellos que sí tratamos de fundamentar a nuestros hijos en lo que sostenemos es el único Camino. La autora expone su situación ante la crisis y entiendo que lo hace sin pretender rédito alguno, solamente compartir lo suyo. Léalo completo por favor.

Y como muchas veces queda al descubierto la hipocresía que está en todas partes. La hipocresía a la que temo. La hipocresía que daña, a uno y a otros, que se filtra por los poros, la que me cuesta desalojar totalmente. La que como un ocupante clandestino se va, y vuelve apenas me descuido.

Hipocresía aprendida. Interesante mirada de J. L. Borges en esta nota.

La vida, es sumamente compleja, salvo que hayamos nacido espontáneamente en una isla abandonada (un caso un poco extraño), lo normal es convivir con otros y tratar de entendernos sin superponernos, lo cual resulta algo idealista. Como esto normalmente no se da, aparece ella.

Vuelvo al artículo del diario y a la educación de los hijos, a esas personas amadas...
En la autora percibo lucha, lucha interna, y... “es dura cosa dar coces contra el aguijón”, la instrucción recibida de niña en el Camino es lo que hace que la adulta de hoy, alejada, considere: Yo, mientras tanto, intentaré no enmudecer ante la imagen de la pasión de Cristo, y reconciliarme con las creencias que, mal que me pesen, me permitieron forjarme una identidad.

Hace tiempo, dejé de creer, pero la conciencia no se puede silenciar y a pesar de todo lo decidido y vivido, la palabra aprendida no deja de incomodar, “me pregunto si las licencias que me he tomado, si las conclusiones a las que he llegado son válidas, no para mí, sino para otros”. ¡Aleluya!

Celebro, porque educar hijos es TODA una responsabilidad, y si aún se ve una tenue luz de la imagen de Dios en el hombre apartado, en algún momento llegará el desafío.  Y es que de pronto vi tambalearse todo mi sistema de creencias. El edificio entero resquebrajándose en mil pedazos.
No sé, tampoco, cómo enseñar el agnosticismo a un niño. Esta es una opción de pensamiento, a todas luces, adulta.
Los niños creen. Es algo intrínseco a su naturaleza. No solo creen, sino que necesitan creer. Un niño sin fe es un adulto.
Creer es una forma de llenar el vacío. De cubrir las lagunas de lo inexplicable.
A veces pienso que, como un avestruz, intento negar una realidad que, tarde o temprano, deberé enfrentar.

Lo que el Dalai Lama dijo, es lo que muchos siglos antes Jesús mandó: “Yo les he dado el ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo”. Claro el problema está en nuestra obediencia, en la sinceridad, algo opuesto a la hipocresía y que Jesús reprendió.

Comparto el peso de la responsabilidad cuando dice: hacia las bases de lo que les enseñaré.

Tal vez, la autora tema aún volverse al camino de la fe abandonando su actual sistema, pero nosotros ¿A que le tememos?

En medio de la lucha, ella cede y aparece el viejo sistema interesado en replicar esa hipocresía que critica, He decidido, pues, enseñarles que la bondad se ejerce desde el silencio de la conciencia.

No es grato ver niños hechos adultos por una sociedad que ha hipotecado su inocencia (la de los niños) por unos pesos o un poco de comodidad al evitar el “que dirán”.

Ella lucha, nosotros luchamos, desde distintos planos pero confío en que la palabra implantada en su niñez dará fruto. Entre tanto, no nos dejemos avasallar por el pecado. Luchemos con las armas del Señor y tendremos victoria, eduquemos en amor y con Verdad y veremos surgir una sociedad regenerada de la mano de Jesucristo, el Señor.

Todo esto, sin ánimo de ofender a alguien.-

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