miércoles, 1 de diciembre de 2010

Amor al desnudo

Hace varios años recibí un formulario de la asociación evangelística Billy Graham en el que me ofrecían la posibilidad de viajar a Holanda y tomar el entrenamiento que el gran evangelista realizaría como corolario a su exitoso ministerio mundial de 50 años. Después de contestar a las innumerables preguntas que me hicieron, envié ese mismo formulario, por correo postal, esperando ser aceptado. El momento en que recibí la contestación ha permanecido en mi memoria como un recuerdo indeleble. Me sentía como un niño al abrir un regalo. Sin embargo, me decepcioné: “Sr. José Luis Cinalli, su solicitud ha sido rechazada. Usted no será invitado a participar de la conferencia”.


No debía sorprenderme. Existía la posibilidad de no ser aceptado. Pero nunca imaginé qué se siente ser desplazado de una manera tan evidente. ¿Le ha sucedido alguna vez? Si su respuesta es sí; entonces, usted me entenderá.

¿Qué sensación embarga a quien no ha sido correspondido en el amor? Demasiados poetas y amantes dan testimonio de que amar entraña un riesgo; porque amar acarrea implícitamente la posibilidad de ser rechazado.

El Cantar de los Cantares contiene una colección de poemas sugestivos de amor. Salomón, su autor, parece haber experimentado la aceptación y el rechazo. Él, al igual que cualquier amante, hizo una cordial e ingeniosa invitación a su pareja: “Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. Porque he aquí ha pasado el invierno, se ha mudado, la lluvia se fue; se han mostrado las flores en la tierra… La higuera ha echado sus higos, y las vides en cierne dieron olor. Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven…”, 2:8-13.

La posibilidad del rechazo está latente, aún así, se arriesga. ¿Qué habrá pensado su prometida? La aceptación, para ella, implicaba dejar la comodidad en la que se encontraba para correr a los brazos de su amado. Implicaba un cambio de vida; quizás el caminar por sendas desconocidas. El autor del libro Sexo Dios nos invita a reflexionar: “¿Y si no da resultado? ¿Y si él no es lo que aparenta ser? ¿Y si él estuviera haciéndoles esta misma propuesta a las otras muchachas del pueblo? ¿Y si la golpeara? Todo ello podría estallarle en la cara. ¿Y si su familia no opina que él es la persona más indicada para ella, pero ella decide irse de todos modos y la cosa no resulta satisfactoria? Sería un tormento escuchar que sus parientes le dijeran por el resto de la vida: “¡te lo advertí!”. Si ella decide amarlo, corre el inmenso riesgo de acabar con el corazón destrozado. Y el riesgo no termina con el casamiento, y menos aún con el abandono del hogar paterno. Aceptación, rechazo, corazones rotos y emociones dañadas. Todas son posibilidades ciertas”.

Amar significa entregarse, ponerse al descubierto. Si no lo cree, diríjase a la cruz. El hombre crucificado en ella es la máxima expresión del amor de Dios por nosotros.

Rob Bell dice: “si alguna vez se entregó a alguien y su corazón fue herido, ya sabe cómo se siente Dios. Si alguna vez se entregó a alguien y se quedó a la espera de su respuesta, expuesto y vulnerable, colgado; entonces, sabe cómo se siente Dios. Si alguna vez se entregó a alguien y esa persona respondió, le correspondió con amor, sabe cómo se siente Dios”.

La cruz es la manera en que Dios nos dice: “yo sé lo que es eso”. El madero en que fue ejecutado es la forma en que el creador del universo nos dice: “sé cómo te sientes”.

Si ha experimentado el rechazo, acaba de descubrir que no está solo; Dios está con usted. Si él aún se arriesga, usted debería hacerlo también.

Es verdad que cuando ama, se expone. Cuando ama, queda vulnerable. Cuando ama se arriesga a no ser correspondido. Aún así siga amando. No deje de intentarlo. Dios lo ama y lo sigue amando. Su invitación es a corresponder a su amor. Él sigue arriesgándose.

Quizás alguien le haya destrozado el corazón. Pero lo más trágico que pudiera pasarle sería dejar de intentarlo otra vez. No deje que una coraza rodee su corazón. No permita que algo muera dentro de usted. La decisión de no arriesgarse otra vez es una decisión de no volver a amar. Y ese no es, ni ha sido nunca, el ejemplo de Jesús. Amar resulta riesgoso para Dios y aún así, no ha dejado de intentarlo.

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