martes, 13 de julio de 2010

La clave para la unidad matrimonial

Recuerdo vívidamente una tibia mañana de octubre. Finalizó mi guardia. Era sábado, único día en el que me retiraba temprano. Las guardias de tocoginecología son especialmente movidas. Los minutos escasos, si los hay para descansar.
Salí cerca de las diez. Llegué a casa, estacioné el auto, bajé los bolsos, ordené algunas cosas y; de repente, la casa vacía y su silencio me abrumaron con una extraña sensación. Desee no estar allí.

Preparé el mate como si nada pasara, tomé mi Biblia y me puse a orar. En mi conversación con el Señor comencé a lamentarme del poco tiempo que pasábamos juntos como pareja. Somos una mezcla llamativa, la conjunción de dos de las vocaciones más demandantes en cuanto a tiempo y entrega: pastor y médica. Y justo en esos días, mi esposo estaba en un viaje misionero, a 800 kilómetros de casa.
Añoraba los tiempos idos en que orábamos tomados de la mano y charlábamos por largas horas.
En mi mente, mi esposo aparecía continuamente rodeado de gente y de compromisos, aunque en realidad yo era la que estaba más tiempo fuera de casa por mi carrera. Tampoco veía el sacrificio que hacía en la crianza de David, nuestro hijo; en el mantenimiento de muchas tareas de la casa, en el respeto que mostraba hacia mi búsqueda de excelencia en lo profesional. Un hombre maravilloso que mostró su generosidad cada día de los que habíamos vivido juntos. Sin embargo, eso no lo podía “ver”. Mi visión parcializada y focalizada en mí desvirtuaba el cuadro completo. Las demandas profesionales me resultaban extenuantes; casi no quedaba lugar para otra cosa que no fueran partos, consultorios, cirugías o urgencias.
Sin darme cuenta, en mi alejamiento del hogar y mi cansancio crónico, poco a poco empecé a “detectar” cosas negativas en la vida de mi esposo. Sentía que competía con su ministerio, que no tenía tiempo para nosotros. Me veía a mí misma como la perfecta víctima. Esa mañana le presenté el “paquete” al Señor.
Nunca olvidaré lo que pasó. Fue una de esas experiencias que marcan a fuego.
A poco de haber iniciado el proceso de sinceramiento con Dios, y cuando todavía no había dicho todo lo malo que “veía”, el Espíritu Santo de una manera contundente y sumamente clara me ordenó silencio, lo cual hice de inmediato, y luego agregó que debía convertirme en la intercesora personal de mi marido. Lo que menos imaginaba era esa respuesta. El impacto en mi espíritu fue tremendo. No pude terminar mi sonata, encima tenía más trabajo que hacer. No entendí, pero sabía quién lo había ordenado. Calladamente me levanté de mis rodillas. Me sentí avergonzada por mi egoísmo. Me quedé pensando en lo que significaría ser intercesora de mi esposo. Interpreté que debía orar insistentemente por él; que mi “ocupación” sería presentar ante el trono de la gracia su vida, su ministerio, sus sueños, sus metas. Cubrirlo, sostenerlo, ayudarlo con la intercesión, convencida que Dios actuaría.
Esa mañana el Espíritu revolucionó mi matrimonio.
Orar cada día, y a cada rato, me llevó por un camino nuevo de descubrimiento. ¡Es que había infinitas maneras de bendecirlo! Cuanto más oraba, más unida me sentía a él. La oración no sólo transforma, nos transforma. Experimenté lo que había leído y escuchado varias veces: “cuanto más cerca están el hombre y la mujer de Dios, más cerca están el uno del otro”.
La oración intercesora por mi esposo me llevó a una dimensión de fe en la que se desató más ternura, comprensión y amor hacia su vida. Considero un verdadero privilegio el orar por su vida. Siento que participo de todo cuanto hace. Por supuesto que no es lo único que hago por él, pero el quid, el secreto real, la clave, Dios me la dio allí.

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