miércoles, 3 de marzo de 2010

Después del terremoto.

La sucesión de catástrofes naturales como los últimos terremotos que vienen sucediendo y, los reproches - argumentos de agnósticos y "ateos" en más de una ocasión nos llaman a alguna duda y hasta tal vez preguntarnos ¿... y dónde está Dios?

No es apostasía, solo la perplejidad humana del creyente frente a la impotencia que estos episodios generan. No sólo tiembla la tierra sobre la que vivimos sino también la propia tierra que nos compone, y las estructuras de nuestras creencias.
Bendita conmoción que nos llama a reconsiderar lo que estoy creyendo y de quién.
Jeremías dice: “Alzad bandera en la tierra, tocad trompeta en las naciones (...), temblará la tierra, y se afligirá; porque es confirmado contra Babilonia todo el pensamiento de Jehová, para...” (Jer. 51: 27, 29).
Toda esta conmoción sirve para que nuestras propias conciencias encallecidas o cauterizadas, como dice el apóstol Pablo, sean puestas en el remojo de la conmoción y la piedra pómez de la palabra de Dios, por la acción de su Espíritu, nos sensibilice para comprender aquellas cosas que suceden a nuestro alrededor.
Los rigores de la vida, aún dentro de nuestra actividad eclesiástica, suelen depositar en nosotros una serie de rutinas y conceptos que anquilosan nuestra frágil espiritualidad y llegan a hacernos creer que ya está todo hecho, que nos podemos mover sin conflictos, un cierto grado de peligrosa autosuficiencia. Allí es, donde suelen aparecer los peligros de la apostasía, de los prohibidores que predice el apóstol. ¡Todo lo creado por Dios es bueno! (1 Tim 4). Y no hay dudas en ello.
Creo que debemos redescubrir la sobrenaturalidad de Dios, volver a la fuente de la sabiduría, de la que clama por las calles. ¡Ay! si me endurezco, si nos endurecemos, duele más...
Dios es sobrenatural, es trascendente, es inmutable y nosotros como parte de su Iglesia, debemos sacudir de nuestras vestiduras aquellos depósitos convencionales que nos restan trascendencia.
Vivimos en un mundo material pero nuestro asiento está en el reino de los cielos, allí es donde el Señor nos sentó. Somos ciudadanos del reino, en tránsito. No quiero vivir sólo por lo natural ("no sólo de pan vivirá el hombre"), tengo hambre y sed de Su sobrenaturalidad. En estos días, muchos se acostaron a dormir confiados en su fortuna natural o en su status quo, y fueron despertados por la conmoción viendo cómo la naturaleza se llevaba lo que era suyo...
¿Qué les habrá quedado? Manos vacías... Corazones defraudados... Desolación...
¿Qué me quedaría a mí... a tí... en medio del cataclismo... o luego de él?
Una familia haitiana sobrevivió el terremoto en Haití, escapó a Chile buscando refugio... Allí otro terremoto los sacudió....
¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. (Sal 139)
¡Bendito sea el nombre del Señor! Del que es y que era y que ha de venir.
Para los que creen, redescubramos la espiritualidad de la vida, así los que no creen tendrán un motivo más para reconciliarse con Él. Levantemos bandera, aclamemos su nombre, tal vez el tiempo final de algunos sea el mejor de todos los tiempos.
Señor, tienes algo para decirle a la humanidad, que nuestras conciencias aún no entienden... Renuévalas para escucharte, entenderte y obedecerte, que tus señales sigan a aquellos que desean vivir tu sobrenaturalidad.

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