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Los amigos de nuestros hijos

Un relato de la pedagoga Febe Jordá, en el que narra su experiencia profunda -de niña- con “amigos diferentes”.

Aquel día, cuando llegó la noche, Jesús dijo: Pasemos al otro lado del lago. Habíamos tenido una larga jornada. Las multitudes se habían agolpado a su alrededor mientras él les enseñaba. Estábamos cansados así que, despidiendo a la gente, tomamos a Jesús como estaba y nos subimos a la barca. Otros botes nos acompañaban.

El Señor se tendió en la popa y se durmió sobre un travesaño. Yo le miraba descansar, mientras los compañeros se afanaban por llevarnos a buen puerto al otro lado. Era oscuro, muy oscuro, y comenzó a levantarse viento, de manera que el mar comenzó a agitarse primero y a romperse después. Tuve que agarrarme a una gran argolla para no caer por la borda, pues la barca era zarandeada por el huracán, y grandes olas caían sobre nosotros.

Empapada como estaba, en medio de los gritos de los discípulos pescadores que, aun acostumbrados como estaban a las jugarretas de ese lago traidor, no las tenían todas consigo, desvié mi mirada adonde descansaba el Maestro: seguía durmiendo profundamente.

La situación se complicaba y la barca se llenaba más y más de agua. El pánico en las voces de los marineros hizo que me diera cuenta de que la situación era realmente apurada y que, de un momento a otro, podíamos naufragar. Yo no sabía nadar por aquel entonces, así que fui consciente de que podía estar a las puertas de la muerte, y me asusté mucho.

Sin embargo, uno de los discípulos llamó a Jesús, gritando su desesperación: ¡Maestro! ¡Maestro, despierta! ¿No te importa que estemos a punto de morir?

Entonces Jesús se levantó. Lo recuerdo como si hubiera sido hoy mismo. Desde donde yo estaba, muerta de frío y de miedo, le vi alzarse imponente, tranquilo, como si no hubiera de qué alarmarse. Reprendió al viento y le dijo al mar: Calla, enmudece. Y, de repente, se hizo la calma, una calma absoluta, y pudimos vislumbrar de nuevo las otras barcas. Jesús, entonces, paseó su mirada sobre todos nosotros y nos dijo: ¿Por qué estáis así, tan asustados? ¿Cómo no tenéis fe?




Ninguno respondió. Todavía estaba yo, después de unos minutos, tosiendo el agua que había tragado, cuando escuché que los compañeros se preguntaban en voz baja: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?

Cuando bajé de la barca y llegué a mi casa, no pedí permiso a mis padres para encender el televisor. Todavía resonaban en mi mente las palabras: ¿Quién es éste, que aún el viento y el mar le obedecen? Porque os aseguro que yo estuve allí. Gracias a mi maestra de la escuela dominical.

Y me pregunto si nuestros hijos tienen ocasión de conocer a Jesús de la misma forma en que muchos de nosotros le conocimos: escuchando su voz, observando sus gestos, viendo su mirada tierna o severa, contemplando su caminar…

Gracias a mis padres y a los maestros de niños en la iglesia, yo estuve pasando en seco el Mar Rojo, mientras el ejército del faraón casi nos alcanzaba y los peces nos miraban sorprendidos desde el agua a nuestro lado. También rodeé Jericó durante siete días, y vi caer la muralla con gran estruendo. Y vi salir a Naamán con la piel completamente sanada del Jordán. Y estuve frente al rey Asuero, esperando expectante si extendía el cetro o no para perdonar la vida de Ester…

Todos los personajes bíblicos poblaron mi mundo infantil, con la certeza de que eran tan reales como lo habían sido mis abuelos, quizá apenas un poco más mayores que ellos.

Nuestros hijos viven en el internado de la Laguna Negra, o en Hogwarts, sus compañeros son Edward, Bella y Jacob o los de Física y Química. O algún cantante de moda. O los futbolistas tricampeones. Éstos son los amigos de nuestros hijos, los que pueblan su mente, los que tienen captado su interés.

Creo que nos toca a nosotros, como padres y como miembros del cuerpo del Señor, ocuparnos de llevar a nuestros niños a los lugares bíblicos a vivir lo que Dios nos dejó escrito, para que aprendan ellos también quién es Él y qué quiere de cada uno. No lo adivinarán, no lo recibirán por ciencia infusa: debemos hablarles y ellos deben oír, para creer y ser salvos. Deberemos dedicar tiempo, ganas y esfuerzo, pero merecerá la pena.

Por cierto: de pequeña, estaba segura de que, de darse el caso, yo hubiera sido el valiente David frente a Goliat, y no comprendía el miedo de los israelitas. Hoy, conociéndome un poco mejor, sé que quizá sería uno de aquellos a quienes les temblaban las rodillas cada mañana y cada tarde cuando el gigante desafiaba a los soldados a batirse con él, burlándose…

Febe Jordà es pedagoga y escritora


© F. Jordà, ProtestanteDigital.com (España, 2009).

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