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La información que transforma

“Necesito contarles algo” dijo, mientras por la fuerza tomaba del brazo a su hija adolescente tratando de acercarla. Era esposa de un pastor; de mediana edad y muy bien presentada. Su rostro reflejaba sorpresa.

Después de veinte años de casada había asistido a una conferencia acerca de sexualidad y quería, por vez primera, abrir su corazón para compartir su experiencia, a la que describió como frustrante, atormentadora y triste en el amanecer de su matrimonio. Sin preámbulos, se remontó a su luna de miel y explicó: esa primera noche fue horrible, esa primera vez fue decepcionante. Yo tenía apenas 17 años. Era huérfana de madre. Me crié con mi padre. Él fue bueno y atento. Pensé que el hombre con el que me casara tomaría su lugar; sería la persona que me brindaría seguridad, atención y ternura. Lo que nunca imaginé fue que ese hombre me pediría algo que mi papá jamás me había pedido. Decidí volverme de mi luna de miel. Después de muchos años de casada, todavía guardo ese recuerdo desagradable y, de tanto en tanto, despierto no en la cama sino en el piso, toda transpirada, creyendo que mi esposo ha abusado de mí. Sabe Dios las veces que prefiero quedarme frente al televisor, haciendo tiempo, para que mi esposo se duerma y no me pida eso”. En medio de lágrimas abrazó a su hija y expresó: “No quisiera que a mi hija le suceda lo mismo que a mí. Deseo que ella aprenda lo que yo no tuve ocasión de escuchar. Anhelo para su futuro la oportunidad que yo jamás disfruté”. Solicitó una audiencia con la secretaria.

Ella era una periodista de un prestigioso medio gráfico que deseaba entrevistarnos acerca de nuestro desempeño como educadores sexuales. Durante la charla, reconoció habernos conocido en una conferencia que habíamos dictado algún tiempo atrás. “Saben una cosa, aquella conferencia impactó mi vida. Las enseñanzas merecieron toda mi atención y cada uno de los consejos que daban los puse en práctica en mi matrimonio.” Mientras expresaba esto, se levantó de su silla, nos abrazó dulcemente y terminó diciendo: “Soy feliz junto a mi esposo y vivimos nuestra sexualidad de manera plena. Una vez más: muchas gracias”…

Historias. ¿Simples historias o historias que se repiten por todas partes? Una triste y otra saludable. Recuerdos amargos en uno de los casos, dulces nostalgias en el otro. Decepción versus gratificación.

¿En qué se discrepan estas historias? Quizás usted diga en mucho, pero la diferencia se resume en una sola palabra: información.
Aquella primera mujer careció de educación para la vida sexual. Nadie la aconsejó. Desprovista de todo asesoramiento se aventuró hacia una vida de miseria. Las consecuencias quizás nunca desaparezcan. La segunda recibió información que supo capitalizar en beneficio propio y de su relación matrimonial. Proveer de información sexual es un derecho al que todos debemos acceder. Monopolizar la información es discriminar, segregar, condenar. No tenemos ninguna autoridad para decidir quién puede y quién no puede acceder a información en materia de sexualidad. Si aspiramos a ser mejores personas, y a tener mejores familias, debemos ceder a tal derecho. Una iglesia y/o sus líderes que deciden consciente o inconscientemente, no proveer educación sexual con valores están haciendo un gran daño. Hay personas que por razones sociales, culturales o económicas nunca accederán a tal información si no es en sus comunidades de fe, sus iglesias locales. Las personas deberían tomar sus decisiones en igualdad de condiciones. Nos rasgamos las vestiduras ante el aborto intempestivo de una mujer cuando probablemente ha quedado embarazada por no tener acceso a una información confiable en materia de planificación familiar.

Entiéndase bien, el aborto en tal caso y el practicado por una persona que contaba con la información para prevenirlo es aborto, y el aborto es pecado, en ambos casos. Pero usted coincidirá conmigo, que ambas mujeres no pudieron decidir bajo igualdad de condiciones.

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