martes, 1 de abril de 2008

Testimonio

Yo pensé que iba a morirme justo cuando estaba viviendo los mejores años de mi vida. Pensé que aquí en la tierra no volvería a ver a nadie, y que tampoco vería a mi Dios. Desbarataron mi casa, y me deprimí bastante; ¡Perdí las ganas de vivir!

Todo esto pasó de un día para otro, pero esperé con paciencia a que saliera el sol. Me sentía derrotado, como si un león me hubiera atacado. Chillé como golondrina, ¡Me quejé como paloma! Me cansé de mirar el cielo y gritar: “¡Dios mío, estoy angustiado! ¡Dios mío, ven en mi ayuda!”

Era tanta mi amargura que ya ni dormir podía. Pero no podía quejarme porque tu, mi Dios, ya me lo habías anunciado, y cumpliste tu palabra.

Tú mi Dios, me devolviste la salud y me diste nueva vida. Tus enseñanzas son buenas, por que dan vida y salud. Sin duda fue para mi bien pasar por tantos sufrimientos. Por tu amor me salvaste de la muerte, y perdonaste todos mis pecados.

Los que han muerto ya no pueden alabarte, no confiar en tu fidelidad; en cambio, los que aún viven pueden alabarte como te alabo yo. También nuestros hijos y nuestros nietos podrán hablar de tu fidelidad.

Dios mío, tu me salvarás, y en tu templo te alabaremos con música de arpas todos los días de nuestra vida.

La Biblia, Iaías 38

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